
Madrid, años 20
La Residencia de Estudiantes bulle de talento, ambición y una energía creativa inagotable. En las habitaciones y pasillos de aquel icónico epicentro cultural, un grupo de jóvenes brillantes —que más tarde pasarían a la historia como la Generación del 27— se reúne para debatir sobre arte, literatura y las vanguardias que estaban por nacer.
Pero en aquellas largas tardes y noches de tertulia, faltaba un ingrediente clave: las bebidas espirituosas escaseaban y el presupuesto estudiantil no siempre acompañaba. ¿La solución? Beber té todo el rato.
De aquel bucle infuso y bohemio nació una de las joyas más curiosas del archivo lorquiano: la ilustración «La desesperación del té», un testimonio gráfico perfecto de cómo la infusión se convirtió en la gasolina involuntaria del surrealismo español en ciernes.
Arte, creatividad y….mucho té!!
Federico García Lorca, con su talento desbordante para el dibujo y la poesía, plasmó en el papel esa divertida «agonía» de la sobriedad obligada. Junto a él, figuras de la talla de Salvador Dalí y Luis Buñuel compartían horas interminables alrededor de una tetera humeante.
Lo que empezó como un recurso de supervivencia para capear la falta de otras opciones más festivas, se transformó en el ritual líquido que acompañaba las primeras ideas del movimiento surrealista. Entre taza y taza, se gestaron proyectos, se rompieron moldes académicos y se discutió sobre un arte nuevo que cambiaría el siglo XX para siempre.
Contraste: Modernidad y sofisticación en la mujer «moderna»
Mientras en la Residencia de Estudiantes el té era el combustible informal de mentes geniales y bohemias, en los círculos más elegantes de la sociedad madrileña el ritual tenía un significado completamente opuesto.
Por aquel entonces, tomar el té era una costumbre importada y exclusiva, un símbolo de estatus al alcance de muy pocos. La alta sociedad veía en esta ceremonia británica el reflejo máximo de la sofisticación y el modernismo.
La figura de la mujer moderna de los años 20 —independiente, vanguardista y adelantada a su tiempo— quedó inmortalizada en las revistas y diseños de la época, a menudo retratada disfrutando de una taza de té. Una prueba de esta fascinante estética nos la deja el ilustrador Roberto Martínez Baldrich, cuyas obras capturaron a la perfección esa elegancia importada que conquistó a la burguesía de la época.
Dos caras de una misma infusión
El té en los años 20 tuvo una doble vida fascinante en España:
- El lado bohemio: El refugio creativo de Lorca, Dalí y Buñuel en la Residencia de Estudiantes, donde el té acompañaba veladas interminables de genio y locura.
- El lado sofisticado: El lujo importado y exclusivo de las clases altas, inmortalizado por artistas como Martínez Baldrich, donde la taza de té era sinónimo de modernidad y distinción.
El testimonio imprescindible: el libro de Petón, «La desesperación del té» (27 veces Pepín Bello)
Toda esta intrahistoria de genios, humo y teteras humeantes ha quedado inmortalizada negro sobre blanco gracias a la obra «La desesperación del té (27 veces Pepín Bello)», escrita por el periodista y erudito José Antonio Martín Otín, «Petón».
Fruto de las conversaciones que Petón mantuvo durante los últimos seis años de vida con el inolvidable Pepín Bello —el epicentro y aglutinante indiscutible de aquel grupo de amigos—, este libro funciona como un acta de reuniones vivas de poetas inmortales.
En sus páginas descubrimos cómo, cuando los fondos escaseaban en la segunda mitad de mes, la tropa se refugiaba en las atardecidas de la Residencia de Estudiantes. Mientras Federico García Lorca levantaba torres de palabras contando historias y Dalí aspiraba el humo, Pepín Bello le daba ideas al poeta y levantaba acta de todo aquello. Fue el propio Lorca quien bautizó aquellas tertulias incombustibles bajo un nombre tan elocuente: la desesperación del té.

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La historia demuestra que el té nunca ha sido solo una bebida caliente; es un conector de culturas, un catalizador de la creatividad y un testigo privilegiado de la historia.
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