La verdad sobre la Generación del 27, el té y el suplicio de la tarde
Si nos asomamos a la historia de la mítica Residencia de Estudiantes de Madrid en la década de 1920, es fácil imaginar a Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel y compañía debatiendo sobre arte, vanguardias y poesía en un ambiente idílico. Y lo era. Alberto Jiménez Fraud, el director de la institución, hizo un trabajo titánico para convertir aquel espacio en un oasis cultural inspirado en las universidades de Oxford y Cambridge.
Pero ese afán por importar el cosmopolitismo europeo chocaba frontalmente con una realidad ineludible: la forma de entender la vida de la juventud española del momento y las enormes limitaciones comerciales de la época. Entre las costumbres importadas que la dirección intentaba inculcar estaba la solemne y protocolaria hora del té.

El rigor británico frente a la realidad del mercado español
Muchos se han preguntado si aquel té sabía mal porque no sabían prepararlo. La realidad histórica es muy distinta: Alberto Jiménez Fraud ponía todo el rigor británico. Se cuidaba la técnica al milímetro y se buscaba la excelencia. El problema real no era la falta de empeño en la cocina de la Residencia, sino el panorama desolador al que se enfrentaba la importación de esta bebida en la España de entreguerras.
Adquirir té de calidad en el mercado nacional de la época era una odisea reservada a minorías muy selectas. Las importaciones eran escasas y el producto que llegaba a la península solía sufrir los estragos de un almacenamiento deficiente o una pésima selección.
Mientras en el Reino Unido el té era un bien de consumo masivo y regulado, en la España de los años veinte el mercado estaba tan desabastecido y castigado por los aranceles que la legislación alimentaria de la época toleraba auténticas aberraciones para estirar los suministros. Las normativas y los usos comerciales permitían y daban cobertura a prácticas como la adulteración parcial de las mezclas y la comercialización de productos como el célebre «té agotado»: hojas que ya habían sido infusionadas previamente, secadas de nuevo y reempaquetadas para su venta a un precio inferior.
Sucedáneos, café y el pulso de la calle
Esta escasez de género genuino no solo afectaba al té. Era el reflejo de un país donde el café escaseaba o se encarecía enormemente, lo que obligaba a la población a recurrir de manera masiva a sucedáneos populares como la achicoria, o a mezclas de ínfima calidad que el pueblo llano consumía en tabernas y figones para mitigar las mañanas frías.
Frente a esa España de subsistencia y café de achicoria, el té de importación legal y controlada que intentaba servir Fraud en la Residencia era un islote de lujo extranjero. Pero chocado con otro obstáculo insalvable: el apetito vital de la Generación del 27.
Para un grupo de jóvenes genios procedentes de una España luminosa, canalla y hambrienta de experiencia, sentarse en un salón académico a tomar una infusión sutil, educada y moderada era un auténtico suplicio. Frente a eso, Madrid ofrecía el pulso vibrante de los cafés literarios, los chatos de vino en las tascas, el humo de las tabernas y la libertad creativa sin horarios ni bedeles vigilando la postura. Al final, aquel té de salón se les quedaba corto. ¡No querían protocolo, querían juerga intelectual!
La desesperación del té
Aquel choque cultural entre la formalidad británica y el genio español quedó inmortalizado con una lucidez aplastante en el dibujo de Federico García Lorca titulado precisamente «La desesperación del té», una obra gráfica donde el poeta plasmó con trazo irónico y expresionista el suplicio que suponía para aquellos espíritus libres someterse al encorsetado ritual vespertino. Esa misma complicidad canalla y el espíritu indomable de aquella generación han sido rescatados magistralmente por José Antonio Naranjo Alonso, «Petón», en su libro «La desesperación del té: 27 veces Pepín Bello», un homenaje imprescindible a la figura de José Garcilaso «Pepín» Bello —el epicentro afectivo y el alma de la Residencia de Estudiantes— que nos devuelve el pulso de aquellos años irrepetibles donde una simple infusión era la excusa perfecta para desafiar el aburrimiento académico.
Ironías de la historia, aquellos genios sufrían por aburrimiento ante una infusión refinada —en un contexto nacional donde el común de los ciudadanos apenas podía permitirse sucedáneos o productos adulterados—, mientras que hoy en día el verdadero placer de un buen amante del té reside en disfrutar de una hebra excepcional, limpia y de origen controlado, sin necesidad de huir a escondidas a una taberna.

Solemos pensar en el té a través de dos únicos espejos: el corsé rígido y protocolario de la aristocracia británica —el mismo que aburría soberanamente a Lorca y a la Generación del 27 en los salones de la Residencia de Estudiantes— o la silenciosa y pacífica ceremonia de unos monjes orientales meditando en la montaña. Pero la historia real es mucho más fascinante y salvaje, ya que en su cuna milenaria fue una moneda de cambio geopolítica para pagar caballos de guerra y un símbolo de poder absoluto en las altas esferas. El problema llegó cuando Occidente intentó domesticarlo transformándolo en una etiqueta encorsetada o reduciéndolo hoy a la triste bolsita de supermercado llena de polvillo insípido: del poder imperial absoluto a la prisa industrial. Por eso, rescatar una hebra de alta calidad no es un capricho estético, sino conectar con una historia milenaria de respeto al origen, apostando por menos prisa industrial, menos postureo de salón y mucha más autenticidad en la taza.
Y tú, ¿qué habrías hecho en los años 20? ¿Habrías aguantado el tipo en el salón de la Residencia o te habrías escapado al café con Lorca? Y qué prefieres? Tragarte la prisa del día en bolsitas o regalarte una buena infusión con hebras de historia?
